El viernes 7 de junio, desde el Ministerio de Energía se ordenó al jefe de turno de las unidades 12 y 13 de la central Tocopilla, abrir los interruptores que las conectaban al Sistema Eléctrico Nacional y retirarlas del despacho económico1. Así, se daba forma a una de las políticas impulsadas por el Gobierno: moverse hacia una matriz de generación eléctrica descarbonizada, es decir, con menos emisiones de CO2.

Estas acciones no son nuevas. El sector de generación de energía eléctrica ha sido, en las últimas dos décadas, una de las industrias en las que las administraciones del país han decidido tener un rol más activo, ya sea porque la electricidad es fundamental para el desarrollo del país, como porque es una de las vías que ayuda a cumplir con los compromisos climáticos tomados en el Acuerdo de París, y de hacerse cargo de la demanda de una parte de la ciudadanía respecto a cómo y dónde se debería producir la energía eléctrica.

Las diferentes administraciones han impulsado ciertas tecnologías y penalizado otras. Primero se promovió el uso de algunas fuentes renovables de energía, luego a través de una norma de emisiones, se obligó a las centrales termoeléctricas a efectuar fuertes inversiones en precipitadores electroestáticos, filtros, desulfurizadores, desnitrificadores y quemadores Low NOx para poder seguir operando. Finalmente, se estableció un “impuesto verde” a las emisiones contaminantes y de CO2, aunque se impidió que el Coordinador Eléctrico Nacional incluyera estos cargos en la programación del despacho de las centrales termoeléctricas ―lo que hubiese incentivado la reducción de emisiones― y se socializó el sobrecosto con los demás generadores, lo que hace que esas mayores emisiones las paguen todos los generadores, incluso los que no emiten ningún contaminante.

El objetivo de estas medidas, es contar con una matriz de energía más limpia, lo que a todas luces parece loable. Sin embargo, no podemos olvidar que, en particular, reducir emisiones a través del retiro de centrales termoeléctricas conlleva algunos aspectos que deben ser considerados.

Primero, las centrales termoeléctricas producen energía “despachable”, es decir, energía sobre la cual es posible decidir el momento y la cantidad de producción y, por lo tanto, no pueden ser reemplazadas simplemente por centrales cuya producción sea “no despachable”, tales como granjas eólicas, pequeñas centrales hidroeléctricas o parques solares fotovoltaicos, pues su producción es “variable” e “interrumpible” y dependen, primordialmente, de la fuerza y orientación del viento, del volumen de agua que baja por los ríos o del nivel de radiación solar. Por esta razón, la energía renovable viene acompañada de inversiones en sistemas de almacenamiento de energía (tales como baterías, embalses o centrales de bombeo hidroeléctrico) que permitan adaptar esta producción variable a la demanda de cada uno de nuestros hogares.

En segundo lugar, las centrales termoeléctricas están ubicadas cerca de los centros de consumo, mientras que las centrales que usan fuentes de energía renovable se emplazan donde están disponibles dichos recursos renovables, por lo que se necesitarán más líneas de transmisión, las que son caras y difíciles de construir. Solo hay que recordar los 18 meses de retraso de la línea Cardones – Polpaico, cuyo inicio de operación en régimen hemos celebrado recientemente, y cuyo retraso obligó a “verter” energía eólica y solar, por no poder ser transportada a los lugares en que se necesitaba. Así, la instalación de energías renovables en lugares remotos, en reemplazo de centrales termoeléctricas, probablemente requerirá un robusto y caro plan de desarrollo de la transmisión.

En tercer lugar, cualquier solución que reemplace completamente a la generación con combustibles fósiles es hoy más cara; de lo contrario, no se necesitaría ningún plan de descarbonización y en todo el mundo los agentes estarían invirtiendo en tecnologías más baratas y de cero-emisión, para reemplazar sus centrales termoeléctricas. Es cierto que los precios de las tecnologías de energía renovable han bajado considerablemente, sin embargo la generación solar y eólica sigue requiriendo de respaldos los que provendrán, por un buen rato, de centrales termoeléctricas.

Y eso conduce a un cuarto elemento: si descarbonizar implica que tendremos un sistema eléctrico más caro, esto se reflejará en algún momento en nuestras cuentas de la luz.

Si bien, reducir emisiones de CO2 ayuda en la lucha en contra del cambio climático, no debemos olvidar que el beneficio es global, pero que el esfuerzo es local. Tampoco debemos olvidar que la prioridad debería estar más bien en descontaminar nuestras ciudades. Sin embargo, las administraciones han preferido enfocarse en la generación de electricidad, y han evitado referirse a otros sectores igual de importantes en sus consecuencias ambientales y también climáticas. En efecto, las reducciones de gases que contaminan el aire, provenientes del transporte o de la calefacción tendrán un beneficio local y directo en nuestras contaminadas ciudades.

Por esto, en el transporte sería esperable una promoción de los vehículos eléctricos, o impulsados con celdas de hidrógeno, o bien, ya sea con gas licuado de petróleo (GLP) o gas natural comprimido (GNC). En la calefacción, un reemplazo de la leña por electricidad y gas, serían medidas cuya promoción tendrían un impacto inmediato y directo en la calidad de vida de todos los chilenos. Estas medidas también fomentarían de paso una reducción de emisiones de CO2 y de carbono negro, un contaminante del aire de corta vida y que además incrementa el efecto invernadero.

En definitiva, éste es un buen momento para que las autoridades tomen acciones concretas en todo el ámbito de la energía y muy especialmente en sus usos. Los beneficios de esas acciones los podremos notar, simplemente, alzando la vista al cielo.

 

Nota:

1 Según una aclaración enviada por la empresa Engie, las unidades 12 y 13 no pasarán a formar parte del Estado de Reserva Estratégica del sistema.

Rodrigo Guerrero

Consultor asociado BdE

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